Dos lenguas que se parecen mucho
El castellano escrito y el castellano hablado no son el mismo idioma, aunque compartan casi todo el vocabulario. El escrito tolera subordinadas largas, incisos, aposiciones y una densidad de información que el oído no puede procesar en tiempo real, porque el lector puede volver atrás y el oyente no.
Casi todos los guiones malos de vídeo corto son textos escritos bien, para leer. Se reconocen porque quien los dice suena a que los está leyendo, y esa sensación no la arregla ninguna interpretación.
El problema es de arquitectura de la frase, no de talento delante de la cámara.
Qué cambia en la sintaxis
Hay un puñado de reglas que producen casi toda la mejora, y no son de estilo sino de respiración.
- Una idea por frase. Si una frase contiene dos, se parte. El oído no dispone de comas visibles.
- El sujeto pronto. Las frases que empiezan con una subordinada larga obligan a sostener información en suspenso hasta que llega el verbo.
- Verbos en lugar de sustantivos abstractos. Se dice para que el espectador entienda, no para la comprensión por parte del espectador.
- Repetir en lugar de pronominalizar. En escrito, repetir una palabra es torpe. En hablado, un pronombre lejano deja al oyente buscando a qué se refiere.
- Cifras redondeadas y pocas. Una cifra exacta dicha en voz alta se olvida antes de terminar la frase.
Ninguna de estas reglas es una invención de este formato. Son las mismas que rigen la escritura radiofónica desde hace décadas, y siguen siendo válidas porque el aparato auditivo no ha cambiado.
La prueba de los treinta segundos
La única comprobación que hace falta es física. Se imprime o se muestra el guion, se lee de pie, en voz alta, a velocidad normal y sin ensayar.
Lo que aparece durante esa lectura es el diagnóstico completo. Cada tropiezo señala una frase mal construida. Cada punto donde hace falta coger aire dos veces marca un corte necesario. Cada palabra que no se dice de forma natural señala vocabulario prestado del escrito.
La tentación es corregir la lectura. La corrección correcta es corregir el texto.
Vocabulario: el precio de sonar profesional
Hay un registro específico que aparece cuando alguien quiere sonar competente y que empeora sistemáticamente los guiones. Se caracteriza por tecnicismos innecesarios, anglicismos con equivalente asentado en castellano y perífrasis que sustituyen verbos simples.
El criterio no es purista. Un término prestado que aporta precisión y que el público del vídeo usa es preferible a una traducción forzada que nadie emplea. El problema es el término prestado que no aporta precisión y solo aporta pose. Las recomendaciones de la Fundéu sobre léxico digital y audiovisual son un recurso práctico para distinguir un caso del otro.
Un procedimiento simple: cuando aparezca una palabra difícil, comprobar si existe una manera de decir lo mismo que un espectador entendería sin detenerse. Si existe y no se pierde precisión, se usa.
Oralidad no es descuido
Escribir para el oído no significa escribir mal a propósito. Hay una diferencia clara entre oralidad construida y desorden.
La oralidad construida usa frases cortas, orden directo, repetición controlada y algún marcador conversacional colocado a conciencia. El desorden usa muletillas, frases que se abandonan a la mitad y conectores vacíos que rellenan el tiempo mientras quien habla piensa.
Un guion escrito para el oído se nota en que se puede decir tal cual y suena a habla. Un guion improvisado se nota en que hay que montarlo mucho para que parezca escrito.
La persona gramatical decide el tono
Una decisión que se toma casi siempre por inercia y que condiciona toda la pieza: en qué persona se habla.
La segunda persona del singular acerca y también instruye, lo que puede sonar a orden si se abusa. La primera del plural incluye pero puede resultar paternalista. La impersonal distancia y es útil cuando lo que se cuenta no depende de quién lo cuenta. La primera del singular compromete al autor y hace la pieza más difícil de replicar, que a veces es exactamente lo que se busca.
Lo que no funciona es cambiar de persona dentro de la misma pieza sin motivo, algo que ocurre con frecuencia cuando el guion se ha escrito en varias sesiones.
El ritmo de la frase y el ritmo del montaje
Un guion escrito para el oído lleva incorporada una parte del montaje. Las frases cortas permiten cortar; las largas obligan a mantener el plano o a cortar en un punto arbitrario, que es como se producen la mayoría de los cortes que se notan.
Por eso conviene escribir marcando dónde puede caer un corte. No es una indicación técnica, es una decisión de escritura: señalar los puntos donde la frase se cierra y admite un cambio de imagen sin que se rompa el sentido. El montador agradecerá el mapa y la pieza tendrá un ritmo menos accidental, algo que desarrollamos en dónde se gana un corte.
Escribir sabiendo que se va a leer
Casi todas estas piezas se subtitulan, de modo que el texto acaba existiendo en dos formas a la vez: dicho y escrito en pantalla. Eso introduce una restricción adicional que conviene tener presente al escribir.
Las frases largas producen subtítulos de tres líneas que tapan la imagen. Las cifras dichas rápido producen subtítulos que el ojo no alcanza. Los incisos producen líneas sueltas sin sentido cuando se segmentan.
Escribir con el subtítulo en la cabeza, en unidades que quepan en una o dos líneas, mejora la pieza en las dos formas. Las pautas de accesibilidad del W3C dan criterios de contraste y de alternativas textuales que son un buen punto de partida técnico, aunque la decisión de segmentación siga siendo una decisión de escritura.
Leer el guion no es lo mismo que sabérselo
Un último apunte de interpretación, porque afecta a la escritura. Un guion escrito para el oído se puede memorizar por bloques, no palabra por palabra, y eso produce una entrega más natural. Un guion escrito para la página obliga a memorizar literalmente, porque cualquier desviación rompe la sintaxis.
Cuando alguien delante de cámara suena rígido, la primera hipótesis razonable no es que actúe mal. Es que el texto no se puede decir.